#RESEÑA DE “ON BULLSITH: SOBRE LA MANIPULACIÓN DE LA VERDAD”

Autor: Harry G. Frankfurt, On Bullshit: sobre la manipulación de la verdad Editorial: Paidós, Barcelona, 2006, ISBN: 84-493-1883-1 80 págs. *Una reseña de Juan Pablo Serra. Profesor del Departamento …

Autor: Harry G. Frankfurt, On Bullshit: sobre la manipulación de la verdad

Editorial: Paidós, Barcelona, 2006,

ISBN: 84-493-1883-1

80 págs.

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*Una reseña de Juan Pablo Serra. Profesor del Departamento de Formación Humanística en la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid).

Epistemología y sociedad

Frankfurt__Harry

Desde que se jubilara de su puesto de profesor de Filosofía en la Universidad de Princeton en 2002, está claro que Harry G. Frankfurt (o sus editores) sabe medir sus tiempos y apariciones.

El año pasado, aprovechando el tirón de la obra de Thomas Piketty, Princeton University Press reunió dos artículos de Frankfurt en un solo volumen, lo tituló On Inequality y lo lanzó al ruedo. Las respuestas no tardaron en llegar, y fueron críticas tanto a un lado como a otro, algo sorprendente para un ensayo filosófico, aunque no tanto si se considera que —por el momento y para muchos— la igualdad económica es el tema de nuestros días. Será, sin duda, interesante ver cómo se defiende el propio Frankfurt… si es que aparece.

En todo caso, para allanar el camino de esta su última obra (cuya traducción acaba de publicar Paidós), creo que es interesante rescatar el opúsculo que dio a conocer a Harry G. Frankfurt al gran público. Y es que no es la primera vez que este filósofo hacía sonar la campana. En 2005, su opúsculo On Bullshit se convirtió en todo un best-seller. Es difícil saber si lo fue a causa de un renovado interés académico por la verdad, o bien por el cansancio general ante la verborrea sistemática de líderes y dirigentes, o bien por tratarse de un asunto que a todos nos preocupa. Tiendo a pensar que fue esto último y que ello da cuenta de la aceptación general que tuvo la tesis del librito, el cual en modo alguno generó las reacciones encendidas que ha suscitado el escrito sobre la desigualdad sino, si acaso, análisis más sutiles y casi siempre desde el terreno filosófico.

Mal que nos pese a muchos, el tema del conocimiento y la verdad sigue siendo eso, un “tema”, un asunto tematizado por la Filosofía —concretamente, por la rama de esta ciencia conocida como Epistemología— sobre el que, de un modo recurrente, se publican libros y artículos todos los años, y que, curso tras curso, retomamos en la enseñanza de nuestras asignaturas. ¿Existe la verdad? ¿Se puede conocer? ¿Se puede comunicar? ¿Cómo? ¿Qué posturas hay al respecto? ¿Qué obstáculos hay para el conocimiento? Estas y otras preguntas cubrirían el aspecto dogmático del tema de la verdad. Si las enuncio aquí es para aclarar al lector que, hasta cierto punto, es en esas coordenadas donde se mueve el librito de Frankfurt, donde aparecen expresiones como “verdad”, “mentira”, “doctrinas antirrealistas”, “escepticismo”, “representación correcta de las cosas” o “la empresa de describir la realidad”.

2 Auto conocimientoAhora bien, si esto fuera todo lo que hay, una reseña como esta no pintaría nada en esta web ni mucho menos se explicaría el fenómeno que supuso la publicación de un texto que circulaba desde 1986 (en que apareció como artículo) y que, en castellano, hoy podemos encontrar hasta en tres versiones (la que comentamos en esta reseña, la de 2013 que Paidós sacó juntando On Bullshit con la siguiente obra de Frankfurt, y la compilación de artículos del autor que Katz editó en 2006). Sí se entendería, en cambio, su éxito entre los filósofos. Al fin y al cabo, Frankfurt se mueve en una línea de pensamiento moderna, racionalista y algunos dirían que hasta hegemónica, que privilegia las cuestiones sobre el conocimiento y, hasta cierto punto, las relativas a la certeza. Ciertamente, este racionalismo propio de la modernidad temprana —introspectivo, deductivo— difiere en no pocos puntos de la epistemología propia de la nuestra época, más falibilista y experimental. Además, cuando uno abre el foco y mira la foto más amplia de la filosofía contemporánea, no es la epistemología lo que ocupa su lugar central, sino la ética y la política (Arendt, Habermas, Rawls, MacIntyre, Taylor, Rorty…). Sin embargo, aunque no en lo substantivo, la modernidad temprana sí persiste en sus formas: es el modo con el que se educan y entrenan los filósofos por defecto, descomponiendo problemas en proposiciones manejables, examinando su coherencia dentro de argumentos más amplios, contrastando estos últimos con objeciones y razonamientos en contra… Igualmente, como precisó con acierto Alex Voorhoeve (Conversations on Ethics, Oxford University Press, Oxford, 2009, p. 215), el de Harry Frankfurt es un método cartesiano: identifica unas pocas ideas simples que considera centrales en ciertas nociones problemáticas y oscuras, y luego emplea estas ideas para llegar a una comprensión más precisa de esas nociones.

Pero, entonces, otra vez, ¿por qué podría interesarnos un libro así en una web como esta? Creo que por dos motivos.

El primero es que las cuestiones epistemológicas rara vez son “sólo” problemas de los filósofos. En su excelente La importancia de la verdad (Paidós, Barcelona, 2005), Michael Lynch nos recuerda que buscar la verdad nos interesa p3 idol-07-winner-truthorque “la preocupación por la verdad está profundamente conectada con la felicidad. Esto se debe a que nuestra vida va mejor cuando la vivimos auténticamente y con integridad. Y tanto la autenticidad como la integridad se hallan ligadas a la verdad de diferentes formas» (p. 151). ¿Qué formas? Como autoconocimiento (necesario para ser auténticos), como integridad intelectual (necesaria para abrirnos a la verdad y dejarla entrar en nuestras vidas) y como sinceridad (necesaria para conectarnos a los demás). Además, la verdad tiene un valor social, en cuanto “nos permite pensar que algo puede ser correcto aun cuando discrepen quienes están en el poder” (p. 198).

El segundo es que, indirectamente, Frankfurt se adentra en lo que podríamos denominar un problema “sociológico”. No nos ofrece datos estadísticos ni encuestas de opinión. Los “datos” que maneja son el diccionario, la etimología de las palabras, su uso corriente en el lenguaje y algunas experiencias. Pero resulta difícil resistirse a aceptar el punto de partida con el que arranca el libro:

Uno de los rasgos más destacados de nuestra cultura es la gran cantidad de bullshit (charlatanería) que se da en ella. Todo el mundo lo sabe. Cada uno de nosotros contribuye con su parte alícuota. Pero tendemos a no darle importancia […]. En consecuencia, no tenemos una idea clara de lo que es la charlatanería, por qué abunda tanto o para qué sirve. Y carecemos de una valoración consciente de lo que la charlatanería significa para nosotros (pp. 9-10).

A otros corresponderá verificar empíricamente si, efectivamente, ocurre lo que el autor denuncia y, desde luego, la propia obra de Frankfurt puede ser una herramienta muy útil para establecer el marco conceptual con que abordar dicha investigación. Pero más allá de su comprobación, lo interesante del libro es, justamente, el modo en que articula una tesis normativa (la falta de una idea clara y distinta de charlatanería nos resta libertad de maniobra) con una tesis explicativa (sobre por qué abunda la charlatanería en nuestros días) y cómo justifica la importancia de dicha articulación. Repasemos qué es lo que dice el libro.

¿Qué importa más, definir o juzgar?

Hay tres ideas que On Bullshit propone de un modo nítido. Por orden de aparición, la primera sería que la charlatanería es indiferencia a la verdad (p. 44). Es la definición a la que llega Frankfurt tras una ardua disección de los términos semánticamente cercanos a la charlatanería. Así, por ejemplo, dirá que no es lo mismo “charlatanería” que “paparrucha” (pp. 12-28), “tertulia” (pp. 44-49), “discurso vacío” o “farol” (pp. 52-60).

La charlatanería, dirá, es un “producto de mala calidad” porque no es exigente: el 4 Fania Pascalcharlatán hace afirmaciones sin molestarse en tener en cuenta su exactitud ni intentar presentar las cosas correctamente (pp. 30 y 41-42). Y es justo la ausencia de interés por la verdad o la indiferencia ante el modo de ser de las cosas lo que constituye, para Frankfurt, la esencia de la charlatanería. Algo que prueba acudiendo al diccionario, a un ensayo de Max Black, al canto lxxiv de Ezra Pound y a varios ejemplos que van desde afirmaciones tergiversadoras y discursos pomposos hasta la publicidad y las relaciones públicas, pasando por una anécdota de la biografía de Ludwig Wittgenstein de cuya interpretación extrae Frankfurt la elucidación de su concepto de charlatanería. Al parecer, aquél fue a visitar a una amiga a la que acababan de extirpar las amígdalas. “Estoy como un perro al que acaban de atropellar”, gruñó Fania Pascal. A lo que Wittgenstein respondió molesto que “tú no tienes ni idea de cómo se siente un perro atropellado”. Ahora bien, si parece claro que Pascal no miente sino que emplea una exageración tan típica como inofensiva, ¿qué irrita tanto a Wittgenstein? Dentro la lectura de Frankfurt:

Lo que molesta a Wittgenstein no es, obviamente, que Pascal haya cometido un error en su descripción de cómo se siente. Ni siquiera que haya incurrido en un descuido. Su laxitud o descuido no estriba en haber dejado que se deslizara un error en su exposición provocado por una caída, inconsciente o debida a una momentánea negligencia, del grado de atención que prestaba a la correcta presentación de los hechos. La cuestión es más bien que hasta donde Wittgenstein puede ver, Pascal ofrece una descripción de un cierto estado de cosas sin atenerse verdaderamente a las exigencias que impone la empresa de brindar una adecuada representación de la realidad. Su falta no estriba en que no logre presentar las cosas correctamente, sino en que ni siquiera lo intenta.

[…] Es en ese sentido en el que la afirmación de Pascal aparece como ajena a todo interés por la verdad: no le preocupa el valor veritativo de lo que dice. […] Es precisamente esa ausencia de interés por la verdad —esa indiferencia ante el modo de ser de las cosas— lo que yo considero la esencia de la charlatanería (pp. 41-44).

La segunda idea va muy relacionada con la primera pues, una vez que la ha definido, Frankfurt va a sostener que la charlatanería es peor que la mentira (p. 74). Una conclusión a la que llega como resultado de distinguir con cuidado al bullshitter del mentiroso en varios frentes: el mentiroso oculta la verdad para engañar (p. 70) mientras que el charlatán es indiferente a la verdad (pp. 40, 44, 67-69, 74); el charlatán dificulta al resto conocer la verdad en cuanto inunda el discurso de palabrería (pp. 72-75); y, por último, el mentiroso tiene una intención concreta —éxito, favores, dinero—, sigue un cierto método y tiene interés por la verdad, mientras que el charlatán tiene una intención más general, es menos metódico —imagina, improvisa— y no tiene interés ni por la verdad ni por lo falso (pp. 64-66). Una comparación, además, que se apoya en una premisa implícita, a saber, que es mejor tener interés por la verdad (así, al menos, se tiene libertad de decirla y libertad frente al manipulador).

5 Dirty storyPara probar esta idea, Frankfurt acude a dos fuentes heterogéneas y un ejemplo de la vida real. El consejo que un padre da a su hijo en la novela Dirty Story (1967) —«nunca digas una mentira cuando puedas salir del paso con charlatanería»— daría cuenta no sólo de la posibilidad de distinguir entre mentira y charlatanería sino también de jerarquizarlas (p. 61). El análisis de la mentira en San Agustín daría como resultado que la mentira auténtica es sólo la que se cuenta con intención de engañar (p. 70). Y la actividad de tantos periodistas e investigadores daría cuenta, por un lado, de que ambos suponen que los hechos pueden conocerse, entenderse bien o mal y explicar la diferencia (p. 74) y, por otro, que cuando uno deja de creerse esto, o bien dejas de hacer afirmaciones o sigues haciéndolas pero ya sin interés. ¿Por qué, entonces, es peor el charlatán que el mentiroso? Fundamentalmente, como puede verse, por una razón epistémica. Así, el hombre sincero dice sólo lo que cree verdadero y el embustero desea que creamos en la verdad de algo que él considera falso, pero ambos juegan (en bandos opuestos) al mismo juego. Por el contrario, el charlatán no está del lado de la verdad ni del lado de lo falso. Su ojo no se fija para nada en los hechos, como sí lo hacen, en cambio, los ojos del hombre sincero y del mentiroso, salvo en la medida en que pueda responder a su interés de hacer pasar lo que dice. No le importa si las cosas que dice describen correctamente la realidad. Simplemente las extrae de aquí y de allá o las manipula para que se adapten a sus fines (pp. 68-69).

El problema, dirá Frankfurt, es que al recrearse excesivamente en la charlatanería, “que implica hacer afirmaciones sin prestar atención a nada que no sea el propio gusto al hablar, el hábito normal de una persona de tener presente cómo son las cosas puede quedar atenuado o perderse” (p. 73). Pero, entonces, ¿es sólo por una razón epistémica —que no atiende a las cosas— que el charlatán es peor? Sostener tal cosa resulta un tanto extraño pues, como se preguntaba Pablo Quintanilla en su reseña, ¿es posible que a alguien no le interese la verdad? Sería como decir que no tiene creencias de ningún tipo, cuando lo cierto es que todos consideramos necesario tener creencias sólidas sobre los temas que nos importan. En realidad, si se lee con atención, podemos percibir que, bajo un argumento epistémico, Frankfurt desliza un juicio moral sobre el charlatán, que no es claro en sus intenciones y, además, sólo atiende a su propio gusto al hablar. Esto es, el tipo humano charlatán sería peor que el mentiroso esencialmente por narcisista, por no dar cabida en su discurso a ningún otro criterio que no sea… él mismo.

Es por esta consideración por lo que tiendo a pensar que, en una valoración global de On Bullshit, es más importante el juicio moral sobre la charlatanería que la definición de la misma. Todos los años que he trabajado este libro los alumnos disienten conmigo en este punto, seguramente porque las declaraciones iniciales del autor son muy enfáticas (hagamos una teoría de la charlatanería, expongamos su estructura conceptual, demos una definición aproximada, indiquemos las condiciones lógicamente necesarias y suficientes para la constitución de la charlatanería…). No obstante, una “teoría” de la charlatanería como esta —alejada de toda obsesión por la empiria— no resulta normativa sólo porque señale qué elemento/s estructural/es debería contener una buena definición de la charlatanería. Como buen cartesiano que es, desde luego, a Frankfurt le importa identificar tal elemento. Pero, también como buen cartesiano, es consciente de que la empresa es importante porque alcanza de lleno al orden moral (en qué tipo de persona nos convertimos cuando despreciamos la verdad) y político (una organización social propicia la libertad de pensamiento cuando destierra la charlatanería).

El mal del escepticismo

Dentro de ese orden normativo, muy probablemente hay una parte que querríamos evitar. Me explico. Al parecer, en una entrevista, Frankfurt habría dicho que una cultura sin charlatanería sería una cultura más tranquila (y quién sabe si hasta silenciosa). La duda, claro está, es ¿queremos tal estado de cosas? ¿Queremos esa sociedad más tranquila, silenciosa y ordenada? Creo que incluso el propio Frankfurt parece darse cuenta del punto al que conduciría tal pretensión y por eso, en la entrevista, lo habría matizado en positivo añadiendo que, al menos, en una cultura así muchos encontrarían difícil decir algo.[1]

Pero el prejuicio anti-político sigue ahí, latente. No es algo que Frankfurt desarrolle ni en el libro ni en ninguna de las entrevistas que pueden encontrarse en internet. Pero está claro que, en un análisis más detenido, seguramente, la derivada política de la teoría frankfurtiana sería algo que muchos rechazaríamos, fundamentalmente porque hemos tenido ejemplos más que sobrados de los efectos de lo que Michael Oakeshott denominó el racionalismo en la política, “la imposición de una condición uniforme de perfección sobre la conducta humana”. Insisto, en ningún lugar se encontrará a Frankfurt sosteniendo tales pretensiones, pero —para quien esto escribe— es inevitable interpretar que esas serían sus consecuencias.

¿Estoy errado? En la recta final del libro, el autor retoma la afirmación inicial sobre la proliferación de la charlatanería en nuestro tiempo. De este modo, tras la definición y valoración, en las últimas cinco páginas se enuncia la tercera idea principal del texto que, muy esquemáticamente, vendría a ser que la charlatanería abunda por la democracia y el escepticismo (pp. 75-80).

6 tiranía mayoría“La charlatanería es inevitable siempre que las circunstancias exigen de alguien que hable sin saber de qué está hablando” (p. 76). ¿Y dónde ocurre esto? Fundamentalmente, en los regímenes democráticos, donde se asume que todo ciudadano tiene la responsabilidad de opinar sobre cualquier cosa, “o al menos sobre todo aquello que es propio de la conducción de los asuntos de su país” (p. 77). Si bien no se trata de una crítica original ni especialmente novedosa —de fondo evoca el miedo a la tiranía de la mayoría ignorante de la que Platón ya advertía en el libro VI de la República—, al menos sí es un indicio que justifica mi exégesis acerca del prejuicio anti-político que subyace implícita a la teoría sobre la charlatanería de este libro.

Quizá por ello reviste mucho más interés la segunda causa por la que Frankfurt explica la proliferación contemporánea de charlatanería. Literalmente, dirá que este fenómeno “tiene también raíces más profundas en las diversas formas de escepticismo” presentes en todas aquellas doctrinas antirrealistas “que niegan que podamos tener acceso seguro alguno a una realidad objetiva y que rechazan, por consiguiente, la posibilidad de saber cómo son realmente las cosas” (p. 77). Qué doctrinas sean esas es asunto que compete discutir a los filósofos e historiadores de la filosofía. Lo importante es que, según Frankfurt, la proliferación de este escepticismo no sólo socava la confianza en nuestra capacidad de buscar la verdad sino que ha provocado que, en nuestros días, muchos se refugien en la búsqueda de una sinceridad despreocupada por cómo son realmente las cosas o, lo que es lo mismo, en el más puro subjetivismo (como no tiene sentido intentar ser fiel a los hechos, al menos voy a intentar ser fiel a mí mismo, o sea, lo que a mí me parece, lo que yo creo). Ahora bien, el ser humano es un misterio para sí mismo y, además, como diría Wittgenstein —y Charles S. Peirce antes que él— no tenemos un acceso privilegiado a nosotros mismos, por lo que hasta esa pretendida sinceridad sería una forma más de charlatanería. Una idea que Frankfurt redondea en un final tan provocativo como magistral:

Como seres conscientes, existimos sólo en respuesta a otras cosas y no podemos conocernos en absoluto a nosotros mismos sin conocer aquéllas. Más aún, no hay nada en la teoría, y ciertamente nada en la experiencia, que sustente el extraordinario juicio de que lo más fácil de conocer es la verdad acerca de uno mismo. Los hechos que nos conciernen no son especialmente sólidos y resistentes a la disolución escéptica. Nuestras naturalezas son, en realidad, huidizas e insustanciales (notablemente menos estables y menos inherentes que la naturaleza de otras cosas). Y siendo ése el caso, la sinceridad misma es charlatanería (pp. 79-80).

En definitiva, un magnífico mini-tratado que ya se lea como un sano ejercicio de clarificación conceptual o como una reflexión (moderadamente) moral, en todo caso no dejará de resultar una lectura amena, interesante y provechosa.

[1] Desde luego, no es evidente que viviríamos en un mundo mejor en caso de no haber charlatanería. Algunos autores han llegado incluso a sostener que erradicarla sería tanto como deteriorar la sociabilidad. Al fin y al cabo, un poco de charla insustancial mantiene el contacto entre las personas y los piropos puede que no contengan un interés por la verdad pero sí por el bienestar de las personas y la estabilidad de la sociedad (Hans Maes y Katrien Schaubroeck, “Different Kinds and Aspects of Bullshit”, en G. Hardcastle y G. Reisch (eds.), Bullshit and Philosophy, Open Court, Chicago, 2006). Además, como ha escrito Daniel Mears, justamente por su ubicuidad la charlatanería puede desempeñar una serie de funciones muy útiles, que abarcan contextos tan diversos como la socialización de niños, la exploración de nuestra identidad, la expresión de sentimientos, el paso del tiempo, la solución de problemas personales e interpersonales, la gestión de las impresiones, los esfuerzos por ganar influencia (social, política, económica) o incluso de definir nuestro sentido de la realidad.Boton de compra en imagen

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4 comments

  1. Imagen de perfil de Carmoran

       ResponderReport user

    Releyendo de nuevo el texto y los comentarios, me han surgido nuevos planteamientos acerca de lo que es la verdad. Estoy de acuerdo con la idea de que la dictadura del relativismo puede enturbiar la capacidad de razonamiento, más que darle impulso. Por hacer un paralelismo, jamás se podrá finalizar la construcción de una casa si los ladrillos que conforman la base están siendo constantemente reemplazados por otros que se suponen mejores que los anteriores.
    Sin embargo, también creo que la mayoría de personas tenemos un concepto sobre la verdad que es finito. Es decir, lo que es verdadero va desde este punto a este punto, y si te sales de esos límites corres el peligro de caer en lo subjetivo. La Tierra era plana y el sol giraba a su alrededor hasta que la ciencia dijo lo contrario. Con esto, lo fácil sería pensar que las barreras respecto a la verdad son derribadas mediante un instrumento objetivo como es la ciencia, algo que se puede demostrar desde una postura epistémica. Pero por ejemplo, ¿qué es la religión si no una hipótesis subjetiva sobre cómo se pudo formar la vida en el universo? Y este concepto se ha tomado y se toma como verdad aunque conviva con las teorías científicas a este respecto.
    Con todo esto quiero decir que entiendo que la búsqueda de la verdad sea en parte la búsqueda de la felicidad, porque queremos conocernos a nosotros mismos, pero tengo la impresión (subjetiva) de que se pretende abarcar algo tan infinito y cambiante como la verdad, desde una óptica limitadora.

  2. Imagen de perfil de Antonio Adsuar

       Responder

    Gran debate clásico este, que me ha recordado a Parménides y a Platón. Copio de wikipedia la idea básica: “Doxa (δόξα) . Fue un concepto utilizado por Parménides, al distinguir la «vía de la verdad» de la «vía de la opinión», o un conocimiento obtenido a partir de la experiencia y más tarde por Platón”. La vía de la verdad nos lleva a la “episteme”, esto es al conocimiento científico…

    Frankfurt, si he entendido bien, llama charlatanería a la “doxa”. Se trata, desde mi punto de vista, de combatir el mundo líquido y relativista de los postmodernos. Se está instaurando una cierta “dictadura de la subjetividad extrema”…sólo hay que ver los programas de la TV, ya sea Gran Hermano VIP o las tertulias de opinadores.

    Pareciera que, simplemente por pensar firmemente una cosa, el tertuliano tenga razón, tenga “su” razón y esto baste. Quizás esto sea cierto en el terreno de los sentimientos, como en Mujeres y Hombres y Viceversa, pero no en los debates que pretenden generar y dar forma a las verdades sociales y políticas…como dice Juan Pablo: “la libertad de pensamiento es buena, pero sólo es auténtica libertad cuando se encamina hacia la búsqueda de la verdad”.

    Aceptemos que los procesos que nos sirven para determinar la verdad son problemáticos y critiquemos la modernidad y la ilustración pero sin caer en el relativismo total, en el todo vale, que destruye la convivencia. No more bullshit amigos!

  3. Imagen de perfil de Carmoran

       ResponderReport user

    Me llama la atención esta frase: “una organización social propicia la libertad de pensamiento cuando destierra la charlatanería”. Curioso, porque dentro de la libertad de pensamiento, la verdad absoluta no tiene cabida ya que se basa en un ejercicio de la razón individual. Lo que es verdadero para mí, a lo mejor es falacia o charlatanería para el otro, y Frankfurt da a entender que no hay más verdad que una. O al menos es lo que yo he entendido. En este sentido, creo que es la pescadilla que se muerde la cola en su defensa de la verdad.

    1. Imagen de perfil de Juan Pablo

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      Frankfurt es un racionalista y, por tanto, no puede admitir que haya muchas verdades. Como buen racionalista, está comprometido con la búsqueda metódica y rigurosa de la verdad. A través de la subjetividad, es cierto, pero asumiendo que todos los humanos estamos hechos de la misma manera. Ergo, si todos siguieran el mismo método, todos deberían llegar a la misma conclusión (verdadera). Los modernos se pelearon mucho por dar con cuál sería ese mejor método (¿el pensamiento? ¿las sensaciones? ¿el modo en que formateamos las percepciones? ¿la dialéctica histórica?), pero nunca dudaron de que la verdad fuera una. Obviamente, muchos les criticaron que, justamente, al hacer de la verdad no algo que está “ahí fuera” sino que, de alguna manera, está “en el sujeto”, la batalla estaba perdida. Si te fijas, en el texto de Frankfurt hay cosas que no se responden. Por ejemplo: ¿es su definición de charlatanería infalible para reconocerla? ¿Cómo saber si alguien es indiferente a la verdad? ¿No es esa indiferencia algo muy íntimo y personal, que a lo sumo puede conocer el sujeto?

      La frase que te llama la atención, en realidad, es puro pensamiento moderno… y contemporáneo, me atrevería a decir. ¿Por qué a los modernos les importaba tanto desterrar el error y el subjetivismo a la hora de buscar la verdad? ¡Porque lo que querían era seguridad y certeza! En una época en que las grandes certezas heredadas de la Edad Media se estaban resquebrajando, había que encontrar nuevas seguridades para andar por la vida. Llévalo a lo social. Pocas cosas hay peores en sociedad que el engaño, el timo y la corrupción. ¿Por? Porque, en lo social, uno asume o da por supuestas muchas cosas –cuando pagas, asumes que no te devuelven dinero falso; cuando conduces, supones que el resto cumplirá las normas; cuando preguntas, entiendes que la gente no te miente– y cuando resulta que esos supuestos se revelan poco fiables, estás perdiendo libertad de maniobra: ya no sabes de quién puedes fiarte y, por tanto, tienes que descartar muchas opciones que no puedes (o no deberías) tomar por falta de confianza. Es en ese sentido que una sociedad que destierra la charlatanería fomenta la libertad de pensamiento: da más opciones a pensar lo que cada uno quiera, a comunicarlo y a escuchar al resto sabiendo que ese intercambio de razones y argumentos es auténtico, y no sólo una fachada.

      No lo había pensado, pero viendo lo que dices, es posible que los modernos en esto siguieran siendo clásicos. O sea, la libertad de pensamiento es buena, pero sólo es auténtica libertad cuando se encamina hacia la búsqueda de la verdad. No vale pensar lo que a uno le de la gana, pero sí vale pensar lo que uno quiera mientras esté inspirado o provenga de una búsqueda sincera de la verdad a la luz de la razón. Por eso, en un planteamiento moderno, si tu tienes algo por verdadero, yo no puedo pensar que sea charlatanería o falacia, sino que debo respetarlo y, si no lo comparto, acaso hasta debería escucharlo, no vaya a ser que yo esté equivocado.