Marx entre el copyright y el copyleft

A propósito de: David García Aristegui, ¿Por qué Marx no habló de copyright. La propiedad intelectual y sus revoluciones. Madrid, Enclave de libros, 2014, 232 p. Por David …

portadauloA propósito de: David García Aristegui, ¿Por qué Marx no habló de copyright. La propiedad intelectual y sus revoluciones. Madrid, Enclave de libros, 2014, 232 p.

Por David Soto Carrasco. @dsotocarrasco

En un conocido artículo titulado “La revuelta de la burguesía asalariada” el filósofo esloveno Slavoj Zizek se preguntaba cómo se había convertido Bill Gates en el hombre más rico de Estados Unidos. Como es conocido, la riqueza de Microsoft no tiene nada que ver con los costos de producción. Si fuera así todos estaríamos usando Linux. Sin embargo, a día de hoy millones de personas seguimos prefiriendo Microsoft, de tal manera que prácticamente ha monopolizado el mercado a modo de aquel ‘intelecto general’ del que Marx hablaba. Para Zizek, que deja a un lado los posicionamientos emancipatorios multitudinarios de Negri y Hardt, Bill Gates habría conseguido privatizar efectivamente parte del intelecto general enriqueciéndose mediante la apropiación de la renta resultante. Esto que está lejos de la previsión de Marx, sin embargo, a su modo de ver, sí le daría la razón al viejo topo: aunque la auto-disolución del capitalismo no ha tenido lugar, sí que se ha producido una transformación gradual de la ganancia generada por la explotación del trabajo en la renta apropiada mediante la progresiva privatización del conocimiento, de igual modo que sucede con los recursos naturales. Lo que vendría después sería, como en tal caso, una lucha entre las corporaciones por una de las principales fuentes de renta del mundo.

La posición de Zizek es ciertamente arriesgada: la burguesía en el sentido clásico tiende a desaparecer a fuerza de proletarización. Ya no hablamos solo de un empresario que posee su propia empresa, sino de una burguesía que recibe un salario o incluso posee parte de la empresa y adquiere sus acciones como parte de la remuneración. Sigue apropiándose de su plusvalía, pero ese “plus-salario” cada vez es más bajo. Claro, todo ello se contrapondría con el salario enormemente alto de algunos ejecutivos y banqueros. Hablaríamos de managers, pero también de especialistas, funcionarios, médicos, abogados, periodistas, intelectuales y artistas, que reciben su plus-valor en forma de más dinero, pero también de más tiempo libre. Esto en cierto modo, también iluminaría, según Zizek, las protestas anticapitalistas contemporáneas. En realidad la “burguesía asalariada” estaría protestando conservadoramente contra la erosión gradual de su posición económica. Por ejemplo, los estudiantes estarían defendiendo una educación superior que les pueda asegurar un plus-salario en el futuro. Lo mismo sucedería en el campo de los derechos de autor, en donde la propiedad intelectual debería ser el sistema de incentivos que permite a los autores mantener su plus-valor, ante la amenaza de perder sus privilegios.

En este contexto es precisamente donde toma fuerza el libro de David García Aristegui, ¿Por qué Marx no habló de copyright? La propiedad intelectual y sus revoluciones. Se trata de una muy perspicaz aproximación a la historia de la propiedad intelectual para legos en la materia en la que se ponen de evidencias las distintas dimensiones culturales y políticas que están relacionadas con la industria del libro y los derechos de autor. Como Zizek, García Aristegui se sitúa lejos de las simpatías autonomistas por la cultura libre, que encauzan, a su modo de ver, con cierta agenda neoliberal. Así, al tiempo que reflexiona sobre la precariedad del trabajo intelectual y de los abusos de la industria nos exhorta realistamente a la creación de sindicatos culturales. En verdad, de Marx se habla lo justo en el libro. Es una excusa y también un síntoma. Su comercial título (como también pretende el de esta reseña) nos indica el estado de ánimo de la burguesía asalariada: ante el poder de las corporaciones y la precarización del presente, defensa colectiva.

Como bien reivindica García Aristegui, la historia de la propiedad intelectual no es lineal y a simple vista nada es lo que parece. Tanto es así que habría que incidir que en la propiedad intelectual no se protegen ideas, se protegen las expresiones de esas ideas, por lo que la originalidad no sería un requisitito previo. Por otro lado, habría que diferenciar de la existencia de dos marcos reguladores distintos, el europeo y el anglosajón. El modelo europeo o continental que arranca con la Revolución Francesa y da lugar a los derechos de autor. De hecho en el mismo 1789, se proclamó la histórica Declaración de los Derechos del Genio y los autores y dramaturgos por primera vez obtuvieron el derecho exclusivo de vender y distribuir sus obras. Es el período en que autores como Alain Viala han determinado que se produce “el nacimiento del escritor”. Mientras que en el marco anglosajón la manera de regulación es el conocido copyright que se centra fundamentalmente en los aspectos comerciales de la creación cultural. En este sentido, los orígenes de la propiedad intelectual vienen de la mano de las grandes revoluciones liberales que pretenderán poner límites al control gremial y al poder censor de las instituciones del Antiguo Régimen. En España, la Constitución de 1812 intentó acabar con la censura previa y será ya en la tardía fecha de 1987 cuando se cree el marco definitivo de los derechos de autor en nuestro país.

El siglo XIX abrió la actividad artística y literaria a las distintas clases sociales y el auge del capitalismo y la mercantilización de la cultura también influirán de manera determinante en la industria editorial. Se consolidó el mecenazgo burgués, de manera que solo una pequeña elite de autores conseguían vivir exclusivamente de la literatura (Balzac, Hugo, etc.). De hecho, la muerte de Marx en la miseria es el fiel reflejo de los problemas derivados de la proletarización de los artistas. Por su parte, el siglo XX fue el período de mayor desarrollo de la propiedad intelectual y con la llegada de la postmodernidad las críticas dejarían de ser sólo económicas para tener un sesgo más cultural.

De manera brillante García Aristegui hace un recorrido por los orígenes de la cultura libre para diagnosticar la simbiosis perfecta entre determinados movimientos contraculturales y el capitalismo neoliberal. Al igual que la cultura del software libre, ambas serían totalmente funcionales a la agenda neoliberal. La cultura libre sería el caballo de Troya del sistema, entre otras cosas porque el dominio público generalizado en la práctica refuerza los discursos y los contenidos dominantes, no alternativos, crea agenda. Además, la desregularización en un contexto de monopolios cada vez más poderosos solo favorece a los editores y en poco o nada a la comunidad de creadores que apenas goza de capacidad de negociación. Jaime Alekos, un periodista freelance, no esconde que hablar de copyleft supone en verdad el uso de una “retórica pura para conseguir esclavos que hagan el trabajo gratis”.

La conclusión, para García Aristegui, es clara: “Si las desregularizaciones son malas en educación, sanidad, ciencia…¿Por qué deberían ser buenas en la cultura?”. A pesar de que se insista en su uso, argumenta, las Creative Commons por sí solas no van a acabar con la precariedad y con los abusos de la industria. Para ello es necesario que los creadores generen nuevas instituciones capaces de redefinir las condiciones laborales, los consensos sobre el acceso a la cultura y la relación con el mercado. “Necesitamos sindicatos en el ámbito de la cultura”, concluye audazmente nuestro autor. Y aquí, el argumento de Aristegui me recuerda al bueno de Frank Sobotka, protagonista de la segunda temporada de The Wire afanándose por reconstruir el sindicado de estibadores de Baltimore cuando todo se ha derrumbando. Como también vio Fredic Jameson, Sobotka comprende la historia y sabe que el movimiento obrero y toda la sociedad organizada a su alrededor solo se puede mantener si continua existiendo el puerto. Este es su proyecto utópico. Como Sobotka con el puerto, García Aristegui acomete aquí una tarea reformista. Pero en contra de lo que dice Zizek, en tiempos de no-acontecimiento ser reformista es ser revolucionario. Como revolucionario es este libro.

 
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