POR EL CAMINO DE RICHTER

    *Una reseña de David Lera, librero de la librería Artemis (León) El narrador de Por la parte de Swann de Marcel Proust rememora sus paseos en …

 

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*Una reseña de David Lera, librero de la librería Artemis (León)

El narrador de Por la parte de Swann de Marcel Proust rememora sus paseos en torno a
Combray. Dos alternativas tenía el caminante: «la parte de Méséglise-la-Vineuse, que
también llamábamos la de Swann, porque se pasaba por delante de la finca del Sr. Swann, y
la de Guermantes». Aquel cúmulo de experiencias, ligado de forma íntima a ambos
caminos, desconocido el peso futuro y largo alcance, en apariencia el producto final
elaborado por una mente infantil impresionable, desembocó en sucesos determinantes que
conformaron su vida intelectual, la cual «seguramente avanza en nosotros sin que lo
notemos y llevábamos mucho tiempo preparando el descubrimiento de las verdades que han
cambiado para nosotros su sentido y su aspecto, que nos han abierto caminos nuevos, pero
sin saberlo, y para nosotros datan tan sólo del día, del minuto, en que se nos han vuelto
visibles».

Una indagación de tal naturaleza que muestra las costuras peculiares de un mundo tan
personal, ¿es extrapolable? Yuri Borísov, director de escena de teatro y ópera, cineasta,
guionista y escritor, pensaba que sí.

Para su espectáculo de final de carrera, Borísov decide escribir, con un punto de osadía y
bastante incertidumbre por el resultado, una carta al gran Sviatoslav Richter en la que le
pide, casi le exige, que toque una ópera de Britten, en su versión para piano. De improviso
Richter se presenta en el teatro y le solicita la partitura para su estudio. Tras varias semanas
de espera, con llamadas telefónicas de Borísov en las que recibe respuestas alentadoras pero
que no calman su recelo, al fin es invitado a casa del pianista. No hablan del encargo en
absoluto, aunque la visita cumple con creces cualquier expectativa que el joven estudiante
pudiera albergar. A partir de la interpretación de la Sonata en la menor de Schubert, Richter
expone la visión que le produce esta música. Lleva a la práctica un juego que toma de su
maestro Neuhaus. Un Borísov sorprendido y maravillado se impone como tarea fijar este
recitativo interior, expresión del emblema propio por el que a Richter le gustaría ser
reconocido: «¡la unión de todas las artes inventadas por Dios!» y él como difusor de la
misma.

Por el camino de Richter -en clara alusión a la obra de Proust- es la cristalización de este
propósito. El libro se divide en dos partes. La primera abarca el periodo comprendido entre
1979-1983 y la segunda, a modo de despedida, relata el último encuentro entre ambos en
1992. La obra se completa con reflexiones musicales y un listado con el repertorio de
Richter -tan notable por los siglos que abarca como palmario en ausencias-, dos apéndices
muy interesantes.

La narración es fragmentaria y no guarda un orden lineal ni temático porque seguramente
así se desarrollaron las conversaciones y conviene señalar esta fidelidad . Otra de sus
virtudes, asimismo, es que no cuesta imaginar la teatralidad con que Richter remarca un
discurso repleto de asociaciones, ahora creativas, otras veces extravagantes, más allá llenas
de una lógica por fin desvelada. En su vasto mundo cultural todas las artes encuentran en él
un cómplice apasionado. La mención a Proust, por supuesto, es inevitable. Lo sitúa por
encima de Thomas Mann, recomienda como acercamiento óptimo a su obra una lectura
recurrente y sin apresuramiento y, al igual que en las sonatas de Schubert, piensa que en sus
novelas «el amor está en sí mismo, en su estado interno». Relaciona el Carnaval de Viena
de Schumann con la obra artística de Egon Schiele, el Hammerklavier de Beethoven con
episodios del Antiguo Testamento, a Shostakóvich con Gógol… Realiza afirmaciones
tajantes como cuando dice que «el Preludio, coral y fuga [de Cesar Franck] encarna la
primera maravilla del mundo» -la escucha de esta composición interpretada por él te vuelve
un creyente irredento respecto a este juicio. Con sinceridad, repasa malas actuaciones o
refiere sus limitaciones con un Mozart inaprensible. El trazo poético da forma a algunos de
sus pensamientos: así, sobre el Momento musical en la bemol mayor D.780, nº 6 de
Schubert estima la mejor ejecución posible aquélla en la que «hay que esperar el silencio
sepulcral, tocar como si prolongaras ese silencio. Y que nadie se dé cuenta de que el silencio
se ha interrumpido». A su maestro Neuhaus lo considera más que un pianista y ensalza que
«él sacaba tu individualidad hacia fuera, se adentraba en tu alma…». No ahorra elogios hacia
sus colegas Yúdina, Sofronitski, Guílels y Gavrílov; sin embargo, a Gould le recrimina que
desatiende las indicaciones y no realiza las repeticiones.

Richter se muestra beligerante con el género biográfico, pues detrás del trabajo del artista
sólo debe existir una habitación vacía. Pero, en franca contradicción, él mismo esboza para
Borísov su itinerario vital a través de los preludios y fugas del segundo volumen de El clave
bien temperado de Bach. Conocemos retazos de su infancia y juventud en Odesa, su marcha
a Moscú y cómo le fue en la audición con Neuhaus, la vida en la capital, las penurias y el
dolor de los años de guerra -con las horas pasadas al piano como único lenitivo-, su estancia
en Tiflis y sus contactos con personalidades del calibre de Mravinski, Picasso, Britten y
Yúdina.

En El tiempo recobrado de Proust, el narrador, ya al final de su peregrinaje, concluye que
«la grandeza del arte verdadero […] era la de recuperar, aprendeher de nuevo, hacernos
conocer esa realidad lejos de la cual vivimos, de la cual nos apartamos cada vez más, a
medida que cobra más densidad e impermeabilidad el conocimiento convencional con el
que la substituimos, esa realidad que correríamos un gran riesgo de morir sin haber
conocido y que es pura y simplemente nuestra vida». El empeño admirable de Borísov da la
palabra a Richter, quien sí es capaz de leer entre líneas y traer al primer plano esa realidad
apartada que constituye la vida verdadera, su vida, y resulta que, así como él iba más allá de
lo que decían las notas y no desechaba nada para una comprensión mejor de las
composiciones, así el lector descubre, tras el telón, que el vacío pregonado no es tal y uno
de los grandes pianista del siglo pasado, cuyo parentesco con el mito palidece a la persona,
se le revela en toda su dimensión.

 Título: Por el camino de Richter
Autor: Yuri Borísov
Trad. de Joaquín Fernández-⁠Valdés
Editorial: Acantilado
ISBN: 978-⁠84-⁠16011-⁠63-⁠6
262 pp.

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