Y EL HOMBRE PERDIÓ LA FE: ¿ADIÓS A LA UNIVERSIDAD?

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Micro semblanza de Jordi Llovet

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Jordi Llovet (Barcelona, 1947) es catedrático emérito de Teoría de la Literatura de la Universidad de Barcelona. Después de una larga y provechosa trayectoria académica, se prejubiló hace tres años, en parte por su rechazo a la reciente reforma universitaria. Ha sido profesor de estética, en los años setenta, y posteriormente de crítica literaria. Promovió la licenciatura en Literatura Comparada, que tuvo una afortunada acogida, hasta que el Plan Bolonia canceló esta titulación y el modelo curricular en el que nació.

Fuente: Universidad de Murcia

Entrevista en Nederland Internacional
¿Se VAN A PIQUE las humanidades?: ¡debate con nosotros!

Y el hombre perdió la fe: ¿Adiós a las humanidades?: mi reseña

*Por Antonio Adsuar

Cuando Eugenio Navarro propuso en el foro en el que la comunidad de lectores de librosensayo.com decidió nuestra lectura de mes de junio el texto “Adiós a la universidad, el eclipse de las humanidades” me alegré.

Era un libro que había estado viendo repetidamente por las librerías, que parecía haberse convertido (dentro de las modestas posibilidades del ensayo) en un long-seller. Como estudiante de historia y filosofía era evidente que un escrito que hablara del papel de las humanidades en la universidad y en la sociedad me iba a interesar.

En este libro el catedrático de la Universidad de Barcelona Jordi Llovet narra su prolongada vida universitaria (ha estado ligado a esta institución desde 1965 hasta 2008, ni más ni menos) invitándonos a acompañarlo en un recorrido histórico y temático muy completo. Las instituciones de enseñanza superior han cambiado mucho desde el franquismo y todas estas mutaciones son analizadas en capítulos de temática variada, como muestran los títulos de algunos de ellos: “la etapa del doctorado: peregrinus ubique”, “estudiantes, profesores y transmisión del saber”, “el plan Bolonia” y “universidades y nuevas tecnologías”, entre otros.

He decidido sazonar esta reseña con algunas referencias personales, con algunas experiencias propias vividas en mi propia etapa universitaria que me han asaltado sin cesar al leer las páginas de este bellamente editado “galaxia gutemberg”. Aunque no he estado en la universidad cuarenta y tres años sí he pasado en aulas presenciales y virtuales trece, pudiendo disfrutar de muchos buenos momentos en las universidades de Alicante, Murcia y Oberta de Catalunya. De hecho, fue una asignatura del máster en gestión cultural realizado en esta última institución la que, junto con el impulso de la creativa ciudad de Barcelona y otras circunstancias añadidas, me permitió dar el salto definitivo que me lanzó a crear librosensayo.com.

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Paseemos pues, de la mano de Llovet, por los jardines de las aulas. Condimentaré con algunas anécdotas de cosecha propia un recorrido que creo que no defraudará a los que hayan llegado a este hipertexto (ya sea vía San Google, por los senderos de tuiter o por el más avanzado RSS).

El hombre Llovet y su circunstancia universitaria

Jordi Llovet ha escrito este libro para explicarse a si mismo un decisión que tomó: ¿por qué he abandonado la universidad, que fue mi casa, dónde he pasado toda mi vida, antes de tiempo?. Llovet decidió acogerse a un plan voluntario de jubilación anticipada porque la universidad ya no es lo que era. Todo el texto tiene como objetivo explicarnos y explicarse a si mismo este proceso de deterioro.

No obstante, también quiere ser un manual esperanzador, un relato-antídoto, que se erija en guía útil para los estudiantes y profesores del futuro. La pregunta fundadora y radical de la que se parte se pone negro sobre blanco al principio de la obra: ¿Por qué las humanidades han perdido, en la universidad y en la sociedad, el prestigio y el lugar central de los que un día disfrutaron?.

A)El rol tradicional de la humanidades: conocimiento y civilización

Tradicionalmente las instituciones de educación superior protegían, prestigiaban y fomentan el saber. Éste era un fin en sí mismo. La sociedad se quería sabia. Bien es cierto que el conocimiento era patrimonio de las élites y su aplicación en el mejoramiento material de la sociedad era limitado.

Sin embargo, y esta es una de las tesis claves de Llovet, la cultura servía como base y sustento de la civilización, de la ciudadanía. Eran las humanidades, con los estudios clásicos a la cabeza, las que fundamentaban las libertades políticas. Como dijo Francesco Patrizi da Siena, discípulo de Marsilio Ficino, “todos deben estudiar letras; sin ellas no se es digno de ser llamado ciudadano de una ciudad libre”.

A mi modo de ver comprender el siglo XVIII es la clave para entender este planteamiento pero también el declive de las humanidades que explicaremos en el siguiente subapartado. La ilustración, con el imperativo kantiano “¡atrévete a saber! como bandera, generó un movimiento de emancipación ciudadana que tenía como base el republicanismo clásico greco-romano. La historia, la filosofía, la filología y las otras ramas del saber humanístico era básicas y la sociedad les otorgaba un lugar pertinente.

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Siempre es oportuno recuperar aquellas palabras de Kant de 1784: “La ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. La minoría de edad significa la incapacidad de servirse de su propio entendimiento sin la guía del otro”. Cultura y libertad iban de la mano, eran compañeros inseparables del hombre en el camino que debía recorrer hasta alcanzar su emancipación de la religión y la superstición.

La modernidad defendió este programa. La lectura y el libro eran la base de un saber que aseguraba la creación de seres libres e iguales que contribuían a la sociedad racionalmente construyendo entre todos paz, convivencia, civilidad y prosperidad.

La universidad era la cúspide, el lugar central desde el cual este saber vertebrador era generado y transmitido a la sociedad. Los estudiantes que acudían a sus aulas era pocos, muy pocos, pero valoraban la cultura y entendían su importancia radical.

No obstante, y este es el punto de inflexión en la opinión de Llovet, poco a poco la sociedad fue dejando de lado esta vertiente de la modernidad. Desencantada con la imperfección del sueño de la ilustración, observó como las guerras se seguían sucediendo en los siglos XIX y XX. Desconfiada y postmoderna abrazó la humanidad la vertiente más práctica y desprovista de contenido de aquella revolución: la que permitía, basándose en el progreso científico-técnico, aumentar la prosperidad material y disparar el consumo de bienes y servicios hasta cotas nunca antes imaginadas.

El saber, con sus promesas de convivencia frágiles e incumplidas, fue desplazado y la educación en su conjunto fue cada vez más decantándose a favor de los medios y procedimientos técnicos que le permitieran seguir incrementando su riqueza material. El conocimiento por sí mismo perdió su papel central.

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B) Meditación de la técnica y desilusión humana: otro imposible necesario

La sociedad de lo útil abrazó la técnica vacua como nueva religión. El terreno de los valores, de las ideas que verdaderamente fundamentan nuestra convivencia, fue dejado de lado. El sistema educativo pasó a tener como objetivo formar a profesionales competentes no a seres humanos que fueran capaces de entender globalmente una sociedad cada vez más compleja.

Como afirmaba Walter Benjamin, el progreso técnico como único horizonte abocó a la sociedad a un deterioro moral. La hiperespecialización de las ciencias se extendió a todos los campos. Lo importante ya no era comprender sino actuar sobre al realidad para extraer beneficios orientados al consumo hedonista. La sociedad no estaba interesada ya en nada más que en gestionar procesos.

La distancia entre ciencias y letras ha disminuido últimamente porque las aquellas han colonizado las humanidades a través de las nuevas tecnologías. Hoy en día los humanistas se ven obligados a usar procedimientos técnicos para justificar la exactitud y relevancia de sus investigaciones.

Como ya analizamos en esta misma página web al comentar en libro “Big data”, la técnica parece incluso querer llegar a prometernos que puede tomar decisiones por si misma. La nueva “fe de datos” nos promete que, lejos del azaroso criterio humano, los algoritmos pueden gobernar nuestra humanidad de forma eficaz. No obstante, nadie debe olvidar que la técnica es un invento humano y que las decisiones, en última instancia, siempre son tomadas por una persona y por lo tanto son precarias y discutibles. Esta es la grandeza y la miseria de la política y las humanidades nos permiten comprenderla.

¿Cómo ha afectado este nuevo paradigma social a la universidad?. Llovet afirma que acabar con la carrera de filosofía y letras fue un desastre. Yo mismo sufrí la súper especialización que el profesor Llovet denuncia teniendo que escoger optativas sobre escritura micénica a las que el señor decano a penas asistía mientras trataba, torpemente, de completar mi formación humanística eligiendo como asignaturas de libre configuración materias de la carrera de geografía y comenzando la carrera de filosofía mientras aún estudiaba historia.

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La universidad de Alicante, mi “alma mater”

Recuerdo que cuando llegué a filosofía y algunos compañeros de la facultad de Murcia me preguntaban por qué había decidido hacer otra carrera les decía: “sé bastante historia; ahora vengo aquí a ver si descubro alguna forma de usar estos conocimientos”. Por suerte para mi encontré un grupo, comandado por mi maestro el profesor José Luís Villacañas, que me proporcionó un proyecto gracias al cual dí sentido a lo que había aprendido en la facultad de historia.

La universidad como dijimos, se orientó cada vez más hacia los saberes prácticos. Los alumnos ya se diferenciaban poco de los desganados estudiantes de ESO y de bachillerato que pueblan nuestros Institutos de secundaria. Siempre me ha sorprendido cuando la gente afirma algo como “tantos años estudiando, sacrificándome para aprobar la carrera y ahora termino y no tengo trabajo”. Estudiar para mucha gente hoy es un suplicio, una inversión de la que debe extraerse rentabilidad económica.

Recuerdo el comentario acertado de una inteligente y combativa profesor de historia contemporánea, Mónica Moreno Seco, al comprobar la apatía con la que mi curso de historia reaccionaba ante sus esfuerzos por fomentar lecturas relacionadas con la asignatura. Nos dijo un día en clase algo así: “Esto es el mundo al revés, estudiantes de universidad que no quieren leer”. Como dice Llovet los estudiantes de ahora ya no consideran necesario hacerse una biblioteca.

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El triunfo del consumo y la técnica parece incontestable. De “pan y circo” hemos pasado a “fútbol e informática”. Dos citas (algo adaptadas por mi) de Jordi Llovet servirán para asentar más si cabe lo certero de este diagnóstico: “Hoy podemos decir que la cultura deriva de las nuevas tecnologías y de las nuevas formas de ocio. A esta nueva “forma de vida” le incomoda todo signo elevado de cultura” y “es poca cosa el yugo que supuso el cristianismo si se compara con la tiranía imperceptible de los elementos neotecnológicos de hoy. Ellos son el verdadero emblemas de nuestra civilización y poseen en aura de las cosas sagradas”. No puedo evitar pensar en la manzanita de Apple al leer estas palabras del profesor, es el nuevo símbolo sacro de esta cultura hedonista-tecnológica-consumista que se ha apoderado de nuestro tiempo. 

La conclusión de este libro de catedrático catalán parece ser bastante negativa: los centros educativos se ven incapaces de dar los valores necesarios para contrarrestar la cultura del ocio y del consumo. Las familias tienen enormes dificultades para educar a sus hijos en valores. En la universidad las ingenierías ganan terreno y los estudiantes de humanidades no encuentran su sitio en una sociedad que no valora su contribución a la convivencia, su necesaria aportación que de un sentido humano a tanta potencialidad técnica.

Desde luego este libro de Jordi Llovet nos sitúa frente a un reto de necesaria y urgente resolución: en un contexto de riesgos globales en los que necesitamos gobernar una enormemente creciente complejidad humana y técnica, en una época marcad por los grandes conflictos que nos trae la mundialización, necesitamos más que nunca pensar la política y comprender que la técnica no decidirá por nosotros y no gobernará en mundo. Los ecos del libro de Innerarity “Un mundo de todos y de nadie” resuenan en esta conclusión que me lleva a finalizar esta reseña reivindicando el papel de las humanidades en la universidad y en la sociedad. Porque sin ellas no seremos capaces de avanzar y fundar un mundo mejor que, pese a ser imperfecto y humano, es el nuestro.

Antonio Adsuar

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Soy fundador e impulsor principal de librosensayo.com. Licenciado en historia por la Universidad de Alicante y doctor en filosofía por la Universidad de Murcia, tras hacer un máster en gestión cultural en la UOC descubrí la tremenda transformación que estaba viviendo la industria editorial, el mundo del libro y la cultura escrita en general con la llegada de internet.

Tras 8 meses de concepción y puesta en marcha del proyecto creamos con un grupo de amigos librosensayo.com en mayo de 2013. La idea básica era sencilla: construir un sitio abierto y colaborativo para reflexionar sobre el futuro de las industrias culturales centrándonos en repensar la industria editorial, el periodismo, la educación y el futuro de la sociedad conectada, ayudados por la aproximación a textos de sociología sobre la cultura y el consumo en la sociedad contemporánea.

►►¿Hablamos? Me encuentras en: adsuar.antonio[arroba]librosensayo.com o en twitter en @AntonioAdsuar o en mi perfil de Linkedin ¡Un saludo a todos!

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