Hipsters: ¿Se acabó la hegemonía?

A propósito de: Víctor Lenore, Indies, hipster y gafapastas. Crónica de una dominación cultural. Madrid, Capitán Swing, 2014, 155 p. Por David Soto Carrasco. @dsotocarrasco ¿Todo el mundo …

Portada_LenoreA propósito de: Víctor Lenore, Indies, hipster y gafapastas. Crónica de una dominación cultural. Madrid, Capitán Swing, 2014, 155 p.

Por David Soto Carrasco. @dsotocarrasco

¿Todo el mundo aspira a ser moderno? ¿Todo el mundo aspira a ser un gafapasta? ¿Un indie? ¿Un hispter? Esta es la irritante pregunta que nos encontramos tras el no menos irritante libro –al menos por las respuestas que ha despertado– de Víctor Lenore (Soria, 1972) publicado recientemente por la joven editorial Capitán Swing. Lenore que conoce bien el tema, pues lleva más de 20 años de periodista cultural en lo cuales ha colaborado entre otros medios en la afamada Rockdelux y ha sido promotor de Ladinamo, no se corta un pelo para argumentar con datos y nombres como tal aspiración lo que revela es, entre otras cosas, que el clasismo, el consumo irresponsable y la despolitización se han hecho parte de nuestra vida cotidiana. En este caso, en el campo de lo que podría denominarse cierta cultura de élite. Así, para ser un buen ejemplar de  hispter habría que acudir al Sonar o al SOS, leer a Fernández Mallo o cualquier título de Anagrama y escuchar a Los Planetas o a los Eels.

Como bien subraya Nacho Vegas en su puntilloso prólogo -en el que no sin cierta sorna asevera que “la revolución no será trasmitida en Radio 3”-, lo hipster no es más que un versión sofisticada y despolitizada, con apariencia de glamour, de lo indie que parapetada en cierto cinismo, se presenta como una supuesta “élite del buen gusto”. En cierta modo, ‘gafapasta’ sería una suerte de significante vacío que vendría a reflejar una cierta y profunda derrota política. Si bien, el hipter sería la antítesis de aquel demonizado chavs tan bién descrito por Owen Jones, al tiempo reflejaría una forma no menos lúgubre de dominación cultural, de corte neoliberal, que despolitiza a uno mediante la industria cultural del lujo, expulsa al otro (a la clase trabajadora) de ese mainstream y desideologiza a ambos para aseverar cierto fin de la historia. Al menos Lenore lo tiene claro: “Estamos sometidos a un criterio cultural hermético, propio de una tribu urbana, aunque en este caso no está compuesta por jóvenes marginales sino por periodistas, publicistas y ejecutivos de márketing partidarios de valores de clase media”. De este modo, bajo la apariencia de rebeldía y vanguardia, la cultura hipster acepta y reproduce los valores impuestos por el mercado. Al fin y al cabo, el género gafapasta ofrecería un batiburrillo que combinaría el clasismo, el machismo, el esnobismo con la anglofilia y el racismo cultural. Por ejemplo, se da por supuesto que es impensable que dentro de la lista de los mejores discos del año de la revista Rockdelux al menos la mitad sean latinos.

En cierta manera, el trabajo de Lenore da cumplimiento a la hipótesis de Slavoj Zizek, expuesta en Primero como tragedia, después como farsa, de que en la postmodenidad, que se proclama asimismo como posideológica, la negación de la ideología lo único que hace es proporcionar la prueba definitiva de que estamos más que nunca inmersos en ella. Asumir que no tenemos ideología, mantiene el consenso sobre la ideología vigente. Así, esta desideologización hipter vendría a ratificar en gran medida la hegemonía liberal. Lenore lo deja claro: “La cultura de los modernos es el brazo artístico del mundo corporativo”. Para conseguir dicha hegemonía, se construyó una nueva narrativa que disolvía la tradicional identidad obrera y construía una nueva imagen de la clase media ligada a una nueva cultura del enriquecimiento. En España la burbuja cultural (y su rama hipster) vino de la mano de la burbuja de la construcción y de aquello que se llamó prosperidad.

Tanto para Lenore como para Vegas, esta correlación de hechos es natural y en cierta manera iría paralela del desarrollo del régimen político español. “La Movida y el indie han sido la banda sonora del bipartidismo”, expele Lenore. El PSOE habría propiciado el crecimiento de las clases medias después de la Transición y aquellos grupos le ofrecían “un baño de modernidad”. Recordemos aquí a Tierno Galván. Con posterioridad, ante el impulso del neoliberalismo y el repliegue socialdemócrata que ya no respondería a modelos keynesianos, se basculó a otro mundo, a otra hegemonía, en donde la política fue entendida como mera administración. En España había que gestionar el delirio de la prosperidad y muchos municipios se lanzaron a financiar festivales como el FIB, Low Cost, SOS 4.8., etc. En lo cultural se pasó de lo popular a lo cool: de Loquillo y de las novelas sociales iberoamericanas a los acordes distinguidos de Beck, la metaliteratura de Enrique Vila-Matas y los planos poéticos de la lluvia sobre Tokio de Isabel Coixet.

Se concretó así un proceso de despolitización y desideologización que afectó a todas las estructuras sociales y, por su puesto, a la cultura y su industria. El hipster (“especial” y “distante”) es un snob que en su espacio estético hiperindividualizado no participa en la toma de decisión de la comunidad. Impolíticamente, valga la redundancia, se evade, casi levita. Así también lo vio el periodista Jesús Ordovás en 2013 cuando aseveró que “el indie, políticamente, vive en el hiperespacio”. El hipster (de clase media, por supuesto) aparentemente desideologizado, sin conciencia de la sociedad que le rodea, según Lenore, se salva de la mediocridad de canis y chonis mediante la estética. Es su pretendido buen criterio, su sofisticación o su aristocracia cultural, lo que lo hacen diferente. Por eso quizás, la crisis no le ha pasado tanta factura. En el postfordismo se puede ser precario y hipster. Pese a la austeridad, todavía se puede aspirar a ser moderno, a vivir desideologizado. Se podría recordar aquí a Enrico Berlinguer. Todo el mundo puede escribir hoy en día en un blog, hacer una crítica cultural o colocar una fotografía en sepia en instagram y sentirse esteta por un momento sin gastar un euro.

Mientras el sistema político da vueltas sobre sí mismo, el sugerente y ágil libro de Lenore viene en cierta medida a abrir una grieta en el muro de la dominación cultural neoliberal. Invita a iniciar una guerra de trincheras. “Quizá sea el tiempo de volvernos hostiles”, remata. No obstante, no pasa desapercibido un cierto regusto a desprecio a las clases medias españolas que parece recorrer todo el libro y que se quiere concretar en un: “Nos habéis fallado”. Al mismo tiempo se santifica excesivamente lo popular, casi beatificando melancólicamente al obrero fordista, sin reconsiderar que este también vive bajo la desactivación totalizante de la hegemonía, más cruel si cabe. Quizá por todo ello, Lenore lo tiene tan claro: la cultura necesita de un 15M capaz de repolitizar el campo. “La cultura debería ser un derecho, un recurso para hacer la vida más sencilla, intensa y divertida, no una especie de medalla que colgarse en la solapa”.

 
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