Apocalypse now: muerte y resurrección del libro

La redacción de este post fue precipitada por la interrupción de mi servicio de ADSL. El icono de peligro indeterminado se sitúa, cuál cancerbero, delante de las barras …

¿Qué es un texto?La redacción de este post fue precipitada por la interrupción de mi servicio de ADSL. El icono de peligro indeterminado se sitúa, cuál cancerbero, delante de las barras que me indican que sí tengo señal pero que, sin embargo, mi red se encuentra en un lamentable estado catalogado como “conectividad limitada o nula”. Las mismas obras que nos asediaron durante la gestación de librosensayo.com en el estudio donde discutíamos las secciones, los posibles públicos y otros pormenores, han ascendido por la misma calle hasta llegar a la puerta de mi casa. Cosas de vivir en un pueblo, supongo.

¿Hasta que punto vivir sin conexión, escribir esta entrada en un entorno no conectado, lleva a lo que aquí plasmo a ser distinto? La tentación de distraerse, de divergerse, de enajenarse e ir a mirar el último tuit queda simple y radicalmente anulada. ¿Leería yo más, leeríamos más y mejor si el icono provisional que fue catapultado a mi pantalla por una torpeza de un obrero, si ese icono que me niega el mundo-red, fuera permanente?. Aunque no lo parezca ya he comenzado a hablarles del tema del que hoy quiero ocuparme: el futuro del libro en la sociedad reticular informada.

Mi intención primera era acompañarme en exclusiva de la voz del gran historiador del libro Roger Chartier. Finalmente, mientras revisaba las notas de su coqueto artículo “¿qué es un libro?”, contenido en una serie de escritos recogidos bajo el título “¿qué es un texto?” y editado por el Círculo de bellas artes de Madrid, decidí que las reflexiones de otros autores que asaltaban mi cabeza no podían ni debían ser silenciadas.

Por eso serán hoy también de la partida Craig Mod, cuyo artículo, traducido por Anatomía de la edición, ya he citado en otras ocasiones en Sumer, y Kevin Kelly, cuyo texto encontré en el mismo portal. Chartier nos habla de libro de siempre, del “paper-book”, desvelando inesperadamente su radical complejidad. Kelly y Mod quiere acercarnos a un posible libro del futuro, que será y no será ya un libro. Tomen asiento que empezamos el recorrido.

a) Roger Chartier y el “libro libro”

El hombre, desde luego, no comenzó pronto a escribir. Cuando lo hizo usó la piedra y, más tarde, plasmó sus signos inciertos sobre madera, tela y pergamino. Eventualmente, el papel fue el elegido para soportar sus ideas, más o menos peregrinas. La escritura nació como antídoto contra una obsesión pétrea y concretísima: el miedo al olvido.

Los lugares elegidos para plasmar los ideogramas nunca fueron inocentes. Las formas materiales donde se insertan las palabras implican significaciones simbólicas que son transmitidas, de una forma discreta y no fácilmente apreciable, con el mensaje. Ya lo dijo Macluhan. No obstante, nuestra civilización occidental y su desprecio por lo material, iniciada por un Platón que hizo de las ideas dioses y de la materia sombras, impidió que valoráramos adecuadamente esta parte de lo transmitido que vehiculaba el soporte. Se olvidó que todo texto necesita para ser compuesto de una técnica y un material. Sin ellos las ideas escritas no existen y no pueden ser vehiculadas.

Jorge Luis BorgesEsta dimensión insoslayablemente compleja de lo escrito aboca a la obra a tener un carácter necesariamente colectivo. Nunca el autor domina todas las artes necesarias para transmitir su obra, para tornarla en un objeto capaz de transmitir sus pensamientos. En palabras de Borges, recogidas por el propio Chartier: “el libro no es un ente incomunicado: es una relación. Es un eje de innumerables relaciones” (p. 35). El libro, incluso antes de tener un lector, ya es un ente-red. Una vez lanzado al ruedo y encontrado quien le escuche, el escrito se vuelve aún más inagotable, abriéndose a innumerables lecturas. Los clásicos, precisamente, son aquellos libros cuya capacidad para ser reinterpretados es quasi infinita. Hasta aquí las premisas de Chartier, las sentencias sobre el libro conocido. Adentrémonos un poco más en la maraña digital.

b) Mod y Kelly: el libro líquido y su incierto futuro

Mod, con un deje marcadamente provocativo, ataca al tótem que es el libro tradicional tildándolo de “gran artefacto inmutable”. Desde su punto de vista, y en esto recoge las últimas pesquisas de Chartier, lo que merece la pena de un texto son las relaciones que se establecen a partir de él, no el soporte en que se enmarca el contenido. Merece la pena deslizar una cita textual del propio autor: “El libro del pasado revela excepcionalmente la experiencia individual, el libro del futuro revela excepcionalmente nuestra experiencia colectiva”.

El libro digital, que diría el amigo Bauman, se vuelve completamente líquido, inacabado. Es intangible y no se encuentra en lugar alguno, aunque se puede acceder a él desde múltiples puntos. Nunca terminamos de asirlo, de concretarlo. Me decía en una conversación reciente en Barcelona la autora Neus Arqués que nunca deja de corregir y modificar ligeramente su último e-book. Siempre se detecta alguna errata, alguna necesidad de mejora es atisbada. Como bien nos dice Mod quizás preguntarnos por la esencia del libro digital sea errar el tiro.

La pregunta clave, sugiere, es: “¿cómo lo digital cambia los libros?”. En este punto de la redacción mi archivo de open office desaparece. Un error inesperado me hurta el texto y me hace comprender súbitamente en que entorno llevaba a cabo el proceso de escritura y cuales eran sus condiciones de posibilidad.

Algo más tarde retomo la redacción para finalizar con las palabras de Kelly. Según su artículo el libro digital trae consigo la pérdida del contexto tradicional. Los nuevos soportes nos condicionan, las nuevas zonas donde la lectura se lleva a cabo imponen sus reglas. El libro conectado está aquí.

Estamos ante el metalibro, el libro enlazado con todos los demás. Volviendo a Borges, cada escrito es en potencia la biblioteca universal, diminuta Alejandría, quizás infinito en sus escasas veinte páginas. La atención se dispersa, el texto se ramifica…el lector se aparta de la historia y razonamiento central para extraviarse, bifurcarse. La velocidad del cambio nos lleva más allá de la página. LA PÁGINA. Ni más ni menos que la página, verdadera piedra filosofal sobre la que se ha construido la historia intelectual de occidente. ¿Qué pasa, por amor de Dios, con la página?. Recuerdo mi primera reacción de extrañeza al querer citar un e-book…¿debía referirme a la posición 2234?, ¿o al 34%?. Vaya galimatías…¿qué hacer?. Para rebajar el nivel de estrés que me he provocado y que posiblemente es compartido por el lector, antes de la conclusión terminaré citando un libro que me asaltó en la biblioteca general Universidad de Alicante el otro día durante una de mis visitas azarosas en búsqueda de un encuentro casual. Olvidé que no tenía conexión pero sin necesidad de pinchar el link que atesoro les diré que se titula “The future of the page” y por supuesto está bien estructurado, tiene índice, tapas y por supuesto, páginas.

Hora de concluir. El libro, afirman unos, no desaparecerá. Otros, más airados, responden que estos libros que los modernos quieren seguir llamados libros no merecen este apelativo. Apocalipsis para unos, simple evolución para otros, lo que sí queda claro es que nuevas formas “libro” están naciendo y las mutaciones no han hecho más que empezar. Tendremos que reaprender a leer y a escribir aprovechando las nuevas posibilidades que nos brinda lo digital sin por ello despreciar y abandonar viejos dispositivos, los ya vetutos libros-objeto, que merecen ver bien ponderadas sus grandes virtudes.

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PS: este artículo puede ser leído en paralelo con mi recensión de “Elogio del texto digital” titulada “Born to be wild”.

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2 comments

  1.    Responder

    […] repercuten de manera fundamental en sus significados. Pons cita aquí un escrito de Roger Chartier que ya analizamos en nuestro blog “Ecos de Sumer”, titulado precisamente “¿Qué es un […]

  2.    Responder

    […] Apocalypse now: muerte y resurrección del libro en Zygmunt Bauman […]